Crisis existencial: me di permiso de ser un caos un tiempo

Una crisis existencial casi nunca se parece a la película. Se parece más a quedarte parado en la mitad del living con todos los muebles corridos y sin acordarte muy bien de por qué empezaste a moverlos. El episodio 157 de Sé Tú Mismo está grabado desde ahí adentro, no desde el después. Digo que estoy en crisis, que no sé qué quiero hacer, y en vez de correr a resolverlo me hago otra pregunta en el minuto 1:13: "¿Y por qué tengo que saber? Esa es mi pregunta. ¿Por qué simplemente no me permito ser?". De ahí sale la decisión rara que sostiene todo el capítulo: "Voy a permitirme ser un caos durante un tiempo".

La pregunta que aparece en plena crisis existencial: "¿y por qué tengo que saber?"

Cuando alguien dice "no sé qué hacer con mi vida", casi siempre lo dice como quien confiesa una falla. Como si el resto tuviera un mapa y a ti se te hubiera perdido el tuyo. Y la respuesta automática es buscar más información: otro test, otro video, otra lista de preguntas para saber qué quieres.

El episodio agarra por otro lado. No pregunta cómo saber qué quiero en la vida. Pregunta por qué la obligación de saber está ahí en primer lugar, quién la puso, y qué pasa si por un rato no la cumples.

Nadie te va a dar un diploma por sostener esa pregunta. Es incómoda y no rinde. Pero es distinta a la otra, y las preguntas distintas llevan a lugares distintos.

Escucha el episodio completo en Spotify

Este artículo está basado en un episodio del podcast Sé Tú Mismo

Mover los muebles: hay un punto del orden en que está todo fuera de lugar

La imagen que usa es doméstica y por eso funciona. Cambiar los muebles de lugar en la casa. Hay un momento, a la mitad, en que el sillón está en el pasillo, el velador en la cocina y no puedes caminar. "Hay un punto en el orden en que está todo desordenado. Está todo donde no tiene que estar."

Nadie mira esa escena y dice "esta casa fracasó". Todos entienden que es la mitad de algo. Con la vida propia el criterio cambia: si tu semana está descuadrada, la conclusión inmediata es que algo anda mal contigo.

"Yo medio que me di el permiso de ser caos un tiempo para volver a ordenarme."

Lo interesante no es el permiso, es que no le pone fecha. Podrían ser tres meses, seis meses, un día. No hay un plazo definido y tampoco una promesa de que al final aparece la claridad. Deja que los ciclos hablen. Y ahí está la parte incómoda: el permiso es a estar desordenado, no a ordenarse. Son dos cosas distintas y una es mucho más fácil de vender que la otra.

"No se puede vivir del arte" y los límites que declaras tú solo

En el medio del capítulo aparece un ejemplo concreto de cómo se arma una jaula sin que nadie la construya por ti. Alguien dice, o repite, que no se puede vivir del arte. Con eso basta. La puerta se cierra antes de haber intentado abrirla, y después uno se acomoda en la salida de al lado: el trabajo parecido, la versión a medias, lo que queda cerca de lo que querías sin ser eso.

"Vivimos prisioneros de nuestra identidad, prisioneros de nuestras decisiones, prisioneros de nuestras creencias, nuestros límites."

Lo raro de esos límites es que no se sienten como opiniones. Se sienten como datos del mundo. Y un dato no se discute, se acata.

Confianza y seguridad no son lo mismo

Este es el tramo más citado del episodio y también el más corto. Va del minuto 9:37 al 13:40 y funciona como herramienta, no como conclusión.

"La confianza implica un peligro. Si es que todo es seguro, no necesito confiar."

Puesto así se desarma un pedido que mucha gente se hace en medio de una crisis existencial: quiero confiar, pero primero necesito estar seguro. Si estuvieras seguro no habría nada que confiar. La certeza y la confianza no conviven, se reemplazan.

"Si siempre voy a estar seguro, no me voy a mover. Y si no me muevo, no me transformo."

Cuando sueltas el teléfono aparece lo que estabas tapando

El otro hilo del capítulo es cómo dejar de pensar demasiado, aunque nunca lo llama así. Habla de ponerle la mente encima a cada cosa mientras la estás viviendo, de querer entenderla en el momento exacto en que pasa. "Me cuesta mucho confiar si estoy constantemente analizando todo." Y remata con algo que ordena bastante: "El aprendizaje viene después de la lección."

Al final aparece la escena más honesta. Suelta el teléfono, baja el ruido, y lo que sube es que está abrumado, con el pecho pesado y ganas de llorar. No es una revelación bonita. Es lo que estaba ahí abajo mientras había pantalla encima.

"Tengo un deseo genuino de hacer algo. Pero entre tanta distracción y tanto ruido me cuesta verlo."

Buscar cómo dejar de scrollear suele ser una pregunta de productividad. En el episodio es otra cosa: el scroll estaba funcionando, estaba tapando bien lo que no quería sentir. [INFERENCIA] El capítulo no lo dice con esas palabras, pero pone las dos cosas juntas: el análisis permanente y el teléfono llegan al mismo resultado, que es no estar con lo que hay.

Lo que el episodio deja abierto

No hay lista de pasos acá, porque el capítulo no termina con una. Termina abrumado. Quedan tres preguntas dando vueltas:

  • Si nadie te pidiera claridad esta semana, ¿qué harías con el día de mañana?
  • ¿Cuál es tu versión de "no se puede vivir del arte", esa frase que repites como si fuera un dato y no una opinión?
  • ¿Qué aparece cuando el teléfono lleva dos horas lejos y no hay nada tapando?

Casi todo lo que se escribe sobre crisis existencial promete el otro lado: el orden, la claridad, el plan. Este episodio se queda en el pasillo, con el sillón atravesado, sin decir cuánto falta. Puede que ahí no haya nada que resolver todavía. Puede que el desorden esté haciendo un trabajo que la claridad no sabe hacer.