No termino lo que empiezo: la expectativa que deja los proyectos a medias
"No termino lo que empiezo." Me lo dije frente a un cuadro que llevaba semanas a medio pintar. Nadie me lo había encargado y nadie lo estaba esperando. Lo empecé porque quise, y aun así lo dejé tirado, y me daba rabia.
Si tienes una canción a medio grabar, un cuaderno con tres páginas escritas o un lienzo que compraste y nunca tocaste, sabes de qué hablo. Lo fácil es decir que te falta disciplina. Aquí va otra lectura, la que saqué de ese cuadro: lo que frena muchas veces está en lo que esperas del resultado, en una ansiedad que no encuentra por dónde salir y en un entorno que juega en contra. Al final hay tres cosas pequeñas que puedes probar esta semana.
Por qué no termino lo que empiezo: el cuadro que dejé a medias
De niño pintaba por diversión. Nada técnico ni académico. A los 28 me volvieron las ganas. Me compré unos marcadores Posca caros, me regalaron una Moleskine y empecé.
Después vino el acrílico. Compré pinturas baratas, lienzos chicos y pinceles, y no pinté nunca. Había algo que me impedía cruzar esa línea. Colgué un lienzo en blanco de un clavo en la pared, como recordatorio para pintar. Vi videos de muralistas e ilustradores mostrando sus rutinas, hice bocetos y por fin empecé un cuadro.
Pinté una o dos semanas y lo dejé. Ahí me hice la pregunta en voz alta: si nadie me mandó a hacer esto, ¿por qué no lo termino?
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Este artículo está basado en un episodio del podcast Sé Tú Mismo
Bloqueo creativo sin falta de ideas: el peso de la expectativa
Esto se suele buscar como "bloqueo creativo", y la palabra confunde un poco. Ideas tenía. Las imágenes estaban en mi cabeza y en los bocetos. Lo que me frenaba aparecía después, cuando el cuadro empezaba a verse como se veía y no como yo esperaba.
La respuesta que encontré fue la expectativa. Lo que yo consideraba "digno" de mostrar. No podía mostrar algo de aprendiz. Lo dije así en el capítulo: "Como que no tengo esa capacidad, esa humildad de ser aprendiz, de no saber lo que estoy haciendo."
Y la frase que me quedó de todo eso: "Porque no puedo hacer nada bien si no lo hago mal primero."
Si miras el último proyecto que dejaste a medias, probablemente no lo abandonaste el primer día, cuando todo era idea. Lo dejaste cuando lo que salía de tus manos empezó a quedar lejos de lo que tenías en la cabeza.
Ansiedad y creatividad: energía que no encuentra salida
Hay una ansiedad que andamos trayendo sin darnos cuenta. El pecho apretado, los pensamientos rápidos, darle vueltas a lo mismo, ideas que aparecen y no llegan a nada.
En el capítulo lo planteo así: "Esa ansiedad no es lo opuesto a la tranquilidad. Esa ansiedad es el opuesto a la creatividad." Cuando estoy muy ansioso es porque tengo energía creativa que no tiene salida. "Entonces la ansiedad al final es creatividad obstruida."
Hablo de la ansiedad de todos los días, la que te deja dando vueltas en el sillón. No de un cuadro clínico. Si lo tuyo es eso, esto no reemplaza a un profesional.
La salida que propongo es el movimiento, y movimiento significa acción, hacer algo: hacer deporte, bailar, pintar, escribir, hablar con un amigo, caminar. Y no tiene que ser complicado. No hace falta pintar una catedral. Puede ser tomarte un helado, llamar a tu mamá o cocinar con un amigo. Unos fideos con salsa. Lo simple, lo básico, lo banal importa porque escala: un poco menos de ansiedad deja un poco más de energía para lo siguiente.
Aquí hay una tensión que no voy a resolver. El capítulo es sobre terminar lo que empiezas, y a la vez dice que lo que haces no tiene que tener un fin. Las dos cosas me parecen ciertas.
No basta la voluntad: transformar el contexto antes que los hábitos
Mi departamento tenía un escritorio lleno de chaquetas. El único lugar para sentarme era el sillón, con el teléfono cargando al lado y la tele enfrente. Ahí terminaba todas las noches, disperso.
Puedes tener todas las ganas del mundo, pero si estás en un loop de hábitos de estancamiento, la voluntad no alcanza. "Si mi contexto no me está ayudando, tengo que transformar el contexto." Para mí es más fácil cambiar el entorno que cambiar un hábito dentro de un entorno que no lo favorece.
Reordené la casa. Armé un escritorio manual, para el diario y las cartas, y otro digital, los dos separados del living. Con la guitarra pasa lo mismo: si está guardada en su estuche debajo de la cama, ya perdiste. Son demasiados pasos entre tú y la primera nota.
Sé que se puede objetar. Hay niños que tocan batería con tarros de leche y no necesitan un estudio. Sí, claro. Pero si tienes los medios para ordenar tu contexto, no hay razón para hacerte la vida más difícil. Yo creo que todo está en la mente. Y aun así, al menos en mi caso, mis hábitos no cambian si no cambio el lugar donde vivo.
Si lo hago es porque creo que va a suceder
Hay un mantra que me repito: "si lo hago es porque creo que va a suceder". Nadie intenta tirarse por una ventana para volar, porque nadie cree que sea posible.
Si empezaste algo, en algún momento creíste que podías hacerlo. Si no lo terminas, hay otra creencia que se metió en el camino. En mi caso era la de que el cuadro tenía que quedar bien.
Qué puedes hacer hoy
Algo pequeño y sin fin. Lo primero que te den ganas de hacer, aunque te incomode un poco: dar la vuelta a la manzana, cocinar, grabar esa nota de voz. No tiene que llevar a ningún lado.
Contar los pasos. ¿Cuántos pasos hay entre tú y la guitarra, el cuaderno o los pinceles? Si son más de dos, ahí hay algo que mover. Un rincón donde la cosa quede a la vista vale más que otra promesa de "esta semana sí".
Una pregunta para el proyecto a medias. Cuando lo empezaste, creías que era posible. ¿Qué crees ahora que no creías ese día? Muchas veces la respuesta es una expectativa sobre cómo debería verse.
Terminé el cuadro. Bajé las expectativas y lo pinté muy de niño. Sabía que no iba a ser Miguel Ángel ni ninguno de los muralistas que veía en video. Hice un reel del proceso y se hizo viral, pero eso no fue lo importante: fui feliz pintándolo y después seguí haciendo más cosas. Si no hubiera cruzado esa línea, no habría vuelto a pintar nunca más.
Cada vez que vuelvo a pensar "no termino lo que empiezo", me acuerdo de ese cuadro. Está mal pintado y está terminado.