Procrastinación: cuando prepararte es la forma elegante de no empezar

La procrastinación que cuesta ver no tiene cara de flojera. Tiene cara de trabajo. Llevas semanas con un proyecto en la cabeza y ya viste otro tutorial, terminaste otro libro y escribiste cuatro páginas con el concepto completo. Ayer pasaste la tarde contándoselo a tus amigos. Te sientes avanzando, pero el proyecto sigue en el mismo lugar donde estaba hace un mes, y cada vez que lo piensas cambia un poco.

Si te pasa, no eres el único. En el episodio 163 de Sé Tú Mismo hablo de un proyecto nuevo que tengo en gestación y de las trampas en las que caigo cada vez que quiero empezar algo. Acá van las tres que más se repiten, la diferencia entre prepararte y postergar, y un primer paso que cabe en una lista.

La trampa de "me falta algo"

Antes de empezar aparece una sensación muy convincente. Te falta información. Te falta claridad. Te falta un curso más, el plan armado, la idea en su forma final. Es como tener a alguien al oído que te repite "todavía no" cada vez que vas a moverte.

Esa sensación es falsa. Nunca vas a tener todo resuelto antes de partir, porque la idea no existe en su forma final mientras está en tu cabeza. Yo me transformo en el momento en que me muevo, y el proyecto también.

Lo engañoso es que buscar más información se siente como progreso. Te da alivio. Terminas el día con la sensación de haber hecho algo, y en cierto sentido lo hiciste, solo que no fue lo que mueve el proyecto.

Mira el episodio completo en YouTube

Este artículo está basado en un episodio del podcast Sé Tú Mismo

Acumular saber, una forma elegante de procrastinar

Hay un tipo de procrastinación que no tiene que ver con distraerte en el celular. Es investigar, planear, armar sistemas y absorber ideas como sustituto de hacer. En el episodio lo digo así: "acumular saber puede ser una forma elegante de procrastinar".

Piensa en cualquier cosa que quieras construir: un negocio, un podcast, un cuadro. Son pocas las acciones que lo mueven (escribir, grabar, pintar, mostrarlo) y el resto es ruido. Mi ejemplo es poco glorioso. Escribí cuatro páginas desarrollando el concepto entero de mi proyecto, sabiendo que al día siguiente iba a estar obsoleto, y después me pasé el día hablándolo con amigos.

Muchas veces "no sé cómo empezar" esconde otra frase: "no sé si va a resultar". Y ahí entras en un espiral de buscar ideas, metas y referencias para sentir que vas en alguna dirección, mientras esquivas el camino para no fracasar.

Empezar no es difícil, pero incomoda

Si me preguntas qué separa a un proyecto que arranca de uno que se queda en la libreta, diría esto: empezar no es difícil, pero es incómodo. Y esa es una gran diferencia.

Lo difícil pide más preparación. Lo incómodo no se arregla preparándose, se atraviesa. Cuando confundes una cosa con la otra, sigues estudiando para resolver algo que ningún libro va a resolver.

Y aquí viene la parte lamentable. No te falta nada. La respuesta a "cómo empiezo" es aburridísima: empezando. Y además es decepcionante, porque si no te falta nada, ya no tienes excusas para no hacer lo que dices que quieres hacer. Tampoco tienes a quién culpar. Nadie vende esta respuesta porque es muy poco atractiva.

Cómo saber si tu idea está madura (o si es miedo)

No estoy en contra de dejar que las ideas maduren. Hay un período de gestación necesario: dejar que decanten, separar lo que sirve, lo que te gusta y lo que funciona hasta que se crucen. Lo veo como un baile con el proceso, a ratos te acercas y a ratos tomas distancia, y eso le quita apuro y ansiedad.

Pero esa madurez tiene una línea delgada entre lo útil y lo peligroso. "La idea no está madura" suena a criterio, pero puede ser miedo disfrazado: a que no resulte, a que te juzguen, a exponerte. No digo que siempre lo sea. Cada uno tendrá su historia.

Lo que sí sé es que la idea no madura solo pensándola. Termina de madurar cuando cruzas la puerta. Es como ordenar una casa: no sabes cómo te gusta el espacio hasta que mueves la mesa, cambias la planta de lugar, pruebas otra luz. En tu cabeza armas un mapa un poco a ciegas, y ese mapa solo se entiende recorriéndolo. Decidir que una idea está lista para cosechar no es probar el fruto. Es cortarlo.

Prepararse o postergar: una forma de distinguirlas

Aprender no es el problema. Si aprendes y lo aplicas, es distinto. El criterio que uso para reconocer la línea entre prepararme y postergar es uno solo: cuando lo que aprendes no tiene una acción consecutiva, es procrastinar.

Sirve como pregunta rápida. Terminaste el video, el capítulo del libro o la reunión con tu amigo para "bajar la idea". ¿Qué hiciste después con eso? Si la respuesta es "nada, buscar otro video", ya sabes dónde estás.

Qué puedes hacer hoy para dejar de procrastinar

  • Achicar el primer paso hasta que quepa en una lista. Nada largo, filosófico ni elaborado. Ordenar el material que ya tienes, escribir un mail, llamar a una persona clave para el proyecto. Algo que puedas tachar.
  • Cambiar la tarea de "escribir" a "abrir". Escuché a alguien decir que es más fácil proponerse empezar que terminar. La tarea no es escribir el documento, es abrirlo. Después, escribir una línea.
  • Revisar lo último que aprendiste. Lo que viste o leíste esta semana sobre tu proyecto, ¿tuvo una acción después? Si no, la próxima acción puede salir de ahí.

Mi propio paso, mientras grabo esto, es ordenar y clasificar archivos. Así de chico.


Mi primer episodio se llamó "No sé cómo empezar este podcast". Llevaba un año queriendo hacerlo y terminé grabando sobre no saber cómo hacerlo. Al capítulo siguiente tenía otro tema, y la gente fue guiando el resto. Hoy son más de 160. Todavía me bloqueo y todavía decido, a veces, que necesito más información para sentirme protegido. La procrastinación sigue ahí. Pero "no sé cómo empezar" es una idea, no una realidad.